Internado para niñas "María Auxiliadora"

A principios de la segunda década del siglo XX, en plena efervescencia revolucionaria en México en uno de los estados más golpeados por la revuelta y el acoso de las fuerzas carrancistas, una religiosa de la congregación Misioneras Marianas de nombre Clemencia Borja quien con esfuerzo y tenacidad fundó un orfanato para niñas. Un espacio para criaturas que en su condición de desamparo tuvieran la oportunidad de estudiar y de aprender labores propias del hogar. Bajo la vigilancia y protección de un puñado de religiosas católicas que les prodigaban casa, sustento, educación e instrucción religiosa. Al principio, en el domicilio de la calle Pasteur, únicamente contaba con dos habitaciones en medio de un predio lleno de maleza. Al fondo junto al gallinero se encontraban las letrinas y el lavadero. No obstante, en poco tiempo lograron limpiar y deshierbar el terreno. Algunos feligreses de la iglesia apoyaron para sembrar árboles frutales y un pequeño huerto, además de un milpa que les proporcionaba maíz, frijol y calabaza. Un una de las dos habitaciones la destinaron como dormitorio para las mismas religiosas y las niñas. Por medio de una mampara improvisada con tela se encontraba el oratorio, en donde todos los días, sin excepción se rezaban La Liturgia de la Horas. Y, después de la comida principal, rezaban el Santo Rosario. En la otra parte de la casa, estaba la cocina y dos braceros. Dos tablones emparejados, servían de mesa auxiliar en la preparación de los guisados y dulces para vender; como comedor para servir los alimentos y como pupitre para que las niñas realizaran sus tareas escolares. De las monjas, dos de ellas estaban dedicadas únicamente a la cocina, incluyendo el cuidado del corral con los pollos, gallinas, palomas y conejos; de la milpa y del huerto donde obtenían jitomate, chile y diversos tipos de quelites. Las demás, se repartían las labores de instrucción académica; lavado, planchado de ropa, limpieza en general y la atención a las pequeñas. La madre superiora, siempre acompañada por una de las estudiantes o de alguna otra de las hermanas, se encarga de ir al mercado todos los días, para recoger las donaciones de marchantas compasivas. En otro momento, visitaba a diferentes benefactores. Siempre tocando de puerta en puerta en busca de caridad o ropa en buen estado para sus pupilas. Como fruto a la dedicación de las religiosas o sobre todo por la generosidad de personas que donaban en especie o con dineros, el orfanato creció en todos los aspectos. Físicamente ya que se por ejemplo se construyó una barda de piedra alrededor del predio; se colocó un zaguán de madera y se añadió otros cuartos de ladrillo. Los árboles empezaron a dar fruto y esparcir su aroma en tiempo de floración; las flores y los helechos alegraban las macetas por doquier. No obstante, hubo ocasiones en que el hambre asechaba y la lluvia se colaba por las goteras. No así con el ánimo de esas mujeres y esas niñas que con buena voluntad, perseveraron y hoy en día, a más de 100 años de distancia el instituto sigue vigente. La derrama del bien procurado ayudó a aleccionar a cientos de alumnas.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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