Esterilidad

No todas las mujeres nacemos para tener hijos; ley de vida. Es una compensación por los miles de huérfanos incluyendo los que teniendo padres, crecen a la deriva, sin la mirada atenta de los que se supone deberían tener al menos alguno de los dos progenitores. Hijos que son echados al mundo como consecuencia de una pugna de pasiones, el ímpetu galopando sobre la piel. En el caso particular de las mujeres, algunas de ellas tienen hijos no deseados, malparidos, enfermos desde el claustro uterino. Humores obscuros y sombras de resentimientos acompañan al embrión, para arrojarlos al mundo a repartir dolor y miradas de colores opacos. Son llamadas estériles. No obstante, estas mujeres que sin hijos de su sangre, arropan a los de otras. Ya sea como maestras, tías o vecinas. Es mi caso La Diosa Fortuna, me confirió docenas de adolescentes cada diez meses de acuerdo al calendario escolar. Es muy probable que de entre ellos lograra prodigar buenos sentimientos y que me colocaran dentro de su memoria. Mi tiempo durante más de tres décadas estuvo ceñido entre mi domicilio y las aulas, donde dejé el cuarenta y dos por ciento de mis horas de cada día. Por lo que abandoné en el último cajón de mi cómoda, entre fotografías color sepia, cartas y envolturas doradas de chocolates un montón de sueños; de estambres para chambritas, de proyectos por hacer, besos secos sin usar y bendiciones por despedidas sin promesa de regreso. Sin embargo, tras mi jubilación y aburrida de las series televisivas, del café con galletas de animalitos y la esperanza a punto de extraviarse, una vecina me llevó al Centro Cultural Comunitario de la colonia. Una casona antigua de color amarillo huevo que en cada ventana esta coronada de faroles de latón. Dos frondosas jacarandas enmarcan el zaguán. En esta época del año, de sus jardineras la flor de cempasúchil resalta entre el verdor casi desapercibido de sus hojas pinnadas. Al entrar, te atrapa el aroma del café que emana del quiosco que se yergue en el centro del patio dentro de un largo corredor que encamina a los diferentes salones titulados con el concepto que precede su vocación: Pintura, Cerámica, Literatura, Fotografía, Usos múltiples, Biblioteca y Oficinas. La coordinadora del taller de escritura, me recibió con una media sonrisa. Hablaba sobre el origen de su afición a la literatura que gracias a su abuela quien creció en un internado para niñas se cobijó con la lectura y la escritura. En el núcleo de una explicación, ella decía que escribir es un arte al que todo ser humano está condenado a realizar. Escribimos porque siempre se tiene que contar algo, porque las palabras son una extensión del hombre; de su intelecto, de su imaginación y del ser superior que todos tienen dentro. De golpe, recordé que soy una escritora limitada por mis inseguridades, que no tuve otra alternativa que dejar en pausa mi verdadera afición. Como una resonancia, me llegaron el eco de todas esas voces que me fui tragando; las engullí sin saborear. Hoy en una especie de regurgitación, como consecuencia del acto de escribir me entretengo con ellas, para paladearlas y sin compasión por desmenuzarlas y eludiendo las normas académicas las esparzo, las agrupo y las ato bajo mis propias premisas y conjeturas. Por lo que me quede de vida, juro que, tendré una pluma y hojas para narrar sobre toda y nada en especial. Mis textos, mis libros serán mi mejor herencia que como hijos míos darán cuenta de mi permanencia en este siglo XXI.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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