Herederos

Soy la edificadora de mi propia historia. Como un mecanismo de supervivencia he elegido valorar de entre todos mis acontecimientos particulares aquellos que más aportan sentido a mi vida. Minimizar los que fueron dolorosos y privilegiar aquellos que con sentido benévolo contribuyen a la crónica de mi familia; de mí misma. En el Internado para niñasMaría Auxiliadora”. Dentro de mis labores de todos los días, fui encomendada a la biblioteca para su limpieza y orden. Nombre que se le dió a la escueta vitrina que contenía una veintena de biografías de personajes ilustres y vidas de santos; devocionarios y novenas. Además, de un par de libros paganos; como la madre superiora les nombraba. Con el tiempo, además de cumplir con la encomienda del aseo me aficioné a hojear los ejemplares y de a poco en poco empecé a leerlos. Y a viajar, soñar y a todo lo que una niña de nueve años puede aspirar más allá de los muros y de la vida que se desarrolla dentro de un recinto que más bien me hacia padecer como prisionera. Leía ocupando todo el tiempo libre que mis tareas me permitían, incluso durante la noche; a la luz de la luna en el huerto de hortalizas y árboles frutales acompañada de higueras, perales, grillos y luciérnagas. Leía no solo por evitar sentirme agobiada por la orfandad, disminuir el vértigo de los malos pensamientos y el latigazo por cada abandono de abrazos, de convivencia familiar, sino para darme la libertad arrebata tras la muerte de mi madre al dar a luz a mi hermano. Por lo tanto, a falta de todo esto, yo misma me colmé. Entre cantos de pájaros, aleluyas y liturgias en latín, llené mis labios de sonidos armónicos. Mis manos diligentes, siempre útiles vagaban entre la suavidad de telas y encajes; agujas que remaban estambres e torcían hilos de colores. Al ser huérfana, por falta de información desconozco peripecias de mis antepasados inmediatos, por lo cual rellené los abismos y lagunas de mi historia familiar. Es en este punto en donde la imaginación empezó a desarrollarse. Sin embargo, en donde más se deleitaban mis impulsos eran ensayando caligrafía con versos y epístolas sin destinatarios. Simplemente escribir por escribir. Para construir mi linaje. Por ejemplo, un "Diario de anécdotas". Al pie del altar nupcial, juré ante el sagrario preservar la unidad de mis descendientes. Y, las palabras, fueron mis aliadas más allá del éter divino. Como lo es hoy, en donde desde el umbral de la muerte, conservo gracias a las tres potencias del alma según San Agustín: "Memoria, entendimiento y voluntad"; la cercanía con mi nieta. Esto es posible por que es El Credo que nos promete la “Comunión con los muertos”: eso es un lazo de comunicación inquebrantable. Eres y soy parte de los Herederos condenados a continuar con la crónica de nuestra historia.  

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Domingo 30 de Julio de 2017

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