22/52 RETO DE ESCRITURA
Cuando era niña, mi tiempo lo gastaba en mis juegos cotidianos: Fingir que trabajaba en un banco y tenía que marcar los recibos. Claro que no tenía el sello, ni hojas sueltas. Pero me valía de un caja de cartón como escritorio y lo demás salía de mi imaginación. Además, recuerdo que me gustaba doblar, con meticulosa precisión los cuadritos del rollo de papel higiénico. Por supuesto que a mi mamá no le agradaba que lo hiciera. En todos mis juegos siempre, invariablemente me acompañó mi propia voz: murmuraba con bajo volumen, toda la descripción de mi contexto y el desarrollo de mi fantasía. Nunca me quedé con la boca quieta. La crónica de mis acciones me hacían sentido. Jamás me sentí sola. Otras de mis actividades preferidas era ver a través de la reja del patio de la casa para mirar a la gente pasar. Veía cuando los vecinos entraban o salían de sus casas: observaba la que llevaban cargando y quienes los acompañaban. La curiosidad me alentaba a predecir hacia dónde se dirigían o ...