38/52 RETO DE ESCRITURA

Las memorias de la boca me llevan por senderos sin refugio; sin un destino en donde descansar. Son simplemente igual a las hojas que crecen para dar forma a la copa de los árboles. Ser parte del follaje, vestir la desnudez de las ramas y luego, desprenderse en silencio. Bailar con el aire, posarse con delicadeza y amalgamarse en una alfombra de pétalos muertos. Honrando con tones ocres su destino verde como sinónimo de gratitud. Son las historias acumuladas en recuerdos que seguramente mi boca, junto con los labios y papilas gustativas guardan en mi psiquis, como cordel del tejido que viste mi identidad: Recuerdo, una textura desigual: un puñado de pedazos de jamón de pierna de cerdo y el rojo jitomate que la licuadora, dejaba tras el cansancio del viejo motor de una velocidad. Mi Nona, preparaba un vaso de este alimento que me proporcionaba no solo nutrimentos, sino la seguridad que en su regazo me proporcionó delicados besos y palabras tiernas, mientras se coloreaban mis mejillas y aumentaba el grosor de mis muslos de bebé. Al terminar, me acurrucaba entre sus brazos, bajo el arrullo de su voz a medio tono para dormir la siesta. Más adelante, las cucharadas del frío guisado que sin agrado era obligada a ingerir. Sin recordar con exactitud de que platillo se trataba, pero sí de los largos minutos contemplando el plato. Meneando de un lado para otro los trozos de comida. En espera de la magia que hiciera desaparecer todo en un santiamén. La burbujeante Coca Cola, que hace sin más remedio cosquillas en la garganta. El secreto es conservar en el refrigerador el envase cerrado del refresco, para que al momento de destaparlo conserve sus cualidades adictivas. El reto; ser capaz de robar largos tragos ya sea directo de la botella o del vaso de mi madre o de mi tía, y no ser descubierta. Los tlacoyos de maíz azul; rellenos de frijoles y salpicados por encima de queso fresco desmoronado. Con la edad, el manjar fue acompañado con un par de gotas de salsa verde, cilantro y sin cebolla para darle el toque de sabor auténticamente mexicano. Los tacos callejeros, que en mi adolescencia comía en la esquina de calzada de Guadalupe y Av. Noe. Eran tacos de tripa dorada, rebosante de aceite y con salsa y limón. Como una muestra de rebeldía y autosuficiencia. Aunque después, el tufo era casi imposible de eliminar, no solo presente en el aliento, sino también en la ropa. El beso delincuente, que me robó mi inocencia. El beso, largo en los labios de un truhan que solo pensaba en su persona. El beso en la frente de mi primer hija, esa primera demostración de amor puro y genuino. El beso invisible, que a la distancia se envía. El beso a mis mascotas, en la punta de la nariz. Para sentir con mis labios la suave y húmeda rugosidad de su negra superficie. ¿Qué historias de tu boca recuerdas?

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Domingo 30 de Julio de 2017

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