37/52 RETO DE ESCRITURA
Pánico frente al escaparate
Después de tantos años de radicar en esta ciudad incluso, a cualquier hora del día o la noche, me siento confiada al caminar por sus calles, retornos y avenidas. Nunca me había sucedido nada igual como lo de ayer. Por supuesto que ni siquiera lo pensaba como una alternativa.
Antes del mediodía, me coloqué el tapabocas, tomé mi bolsa de mano, revisé que estuvieran dentro las llaves de la casa y el celular. Me despedí de mis tres mascotas. Cerré la puerta con llave al salir.
Un violento sol con sus brillantes rayos, me deslumbraron. Durante unos prolongados segundos, mientras mis pupilas se adaptaban quedé ofuscada. Mi actitud relajada, me recordó que simplemente cerrara los párpados. Y en mi interior agradecí este cálido abrazo que el astro rey prodigaba a la desnuda piel de mi rostro, hombros, brazos y pantorrillas.
Crucé la avenida. Apenas si miré lo indispensable para cruzar sin peligro. Ya que no se escuchaba el ruido de ningún auto. Caminé una cuadra a paso lento. Disfruté del contacto con los elementos naturales y escuchar el parloteo de zanates me provocaron una sonrisa. No tenía porque estar atenta a los transeúntes.
Miré escaparates de las tiendas. En una de ellas, un maniquí exhibía un lindo vestido, un calidoscopio de colores. De mi bolsa saqué mi celular para tomar una fotografía de la prenda. Esperaba que mi hija me lo regalara; se aproximaba una fiesta familiar y me encantaría estrenar. Yo estaba abstraída imaginando, los zapatos y los accesorios adecuados.
Súbitamente recordé el motivo que me tenía fuera de casa. Guardé mi celular y apreté entre mis manos la bolsa; pues me dirigía a comprar un frasco de café soluble y un panqué de nueces para desayunar. El rugido de mis intestinos evidenciaron la falta de alimento: Ya tenía hambre.
De pronto sentí una voz detrás de mí. Mi corazón empezó a latir más de prisa. Por el reflejo del cristal, pude apreciar que se trataba de un joven con capucha, más alto que yo. No me atreví a voltear. Cómo me iba a imaginar hace apenas cinco minutos que esto sucedería. Volvió a murmurar, y yo, sin comprenderlo. Quería alejarme lo más rápido posible; deseaba ir al supermercado y comprar un frasco de café. El hombre me preguntó una vez más. La tercera fue la vencida. Pedia unas monedas para no sé que… Con torpeza abrí mi monedero y le di todas la morralla que tenía. Él estiró la mano y se fue a paso lento.
Y, yo, casi corriendo deseando volar, que mis zancadas me llevaran de regreso a casa. Crucé la avenida y abrí la puerta. Entré a casa y mis perritos menearon la cola al verme. Al fin pude tranquilizarme.
Hasta el hambre olvidé.
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