36/52 RETO DE ESCRITURA

Es posible que me mires sin ver; como se ignora una barda que delimita los enjambres familiares, con docenas de ojos apoyados en las ventanas, o la pared de ladrillos; de esos adobes rojos que fincan cárceles, que encierran los humores, sueños y canciones. Muros llorones que nos rodean y observan a la gente andar con la vista perdida en el horizonte, sosteniendo la respiración de cuando en cuando para dejar de percibir la podredumbre que en cada esquina del pueblo se acumula. Ese soy yo, simplemente parte del paisaje: un inútil bastión. En este vecindario anclado en cualquier lugar, de dondequiera: el cual creció después que yo. Primero fue tierra muerta, mas tarde llanura, bosque de casas, edificios y después, el destierro de espíritus. Superficie que se extiende desde la planicie, donde se adueña de las ojeadas curiosas, hasta el extenso espejo arisco que traga sonámbulos. Junto con él, con estos habitantes, han surgido las historias de cientos de almas, entre jubileos y añoranzas, la tristeza y la melancolía. Las mismas que fueron arrastradas al centro de cada caracol cardiaco. Como pequeños relámpagos vivientes. Para renacer en cada llanto nuevo y cerrarse en el umbral del ocaso; al surgimiento del manto opaco y trémulo de cada anochecer. Hoy es un día amoratado, y ella, cubre sus canas con su corona casi límpida, purificada con el agua de sus ojos, camina, como cada tarde a través de los escombros de lo que fue su nido. No más de veinte metros cuadrados. Lo conoce de memoria, no necesita forzar el enfoque de sus retinas: y, ahí está, a mano derecha lo que fue un bambineto lleno de porvenir y suaves franelas. Las rorros y las nanas; las sonajas y los broches de seguridad que con suma atención colocaba… la tetera y los biberones en su punto. Finos edredones lo cubren, remendando las memorias y los recuerdos raídos por el paso de las primaveras sin renovar: al lado izquierdo, las vigas que alguna vez sostuvieron los cúpulas en donde las campanas repicaban anunciando el amor de la recién pareja, y, atrás a escasos metros, las ventanas por donde se asomaban los gorriones que anidaban bajo los canceles de la mampostería de estuco que manos artesanas con poco entusiasmo empató con las piedras y las maderas que conformaban el esqueleto de lo que fue y ya no es. Jardín estéril y resguardo de la inidentificable promesa en cada arbusto, centinelas del rosal que espera sereno la llegada del día verde para sonreír en virtud de su destino.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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