47/52 reto de escritura
La vida se define con la interpretación de nuestro entorno, de nuestra percepciones. Del particular proceso cognitivo. Yo soy el resultado de mis ancestras, de mi linaje que me precedió y es través de sus legados que abrazo a este mundo que vivo. Lo miro desde el arcoíris de mi sentido común. Con destellos y sombras que cubren mis pupilas. Sin embargo, es el amarillo, —no se porqué— quien se adueña de mi vista con más frecuencia.
Miro de este color, incluso en las noches, que a pesar del resplandor de la luna y el titilar de millones de diminutas estrellas en el firmamento me arropa y se adueña de mi para entintar mis sueños de ambarino. Mirar atreves del color amarillo es confiar y no perder la esperanza.
Me permito oler al amanecer con el impuso estimulante del café recién tostado; y durante el transcurso de las horas es la arrogancia de las corolas vencidas ante el rocío quienes elevan sus pistilos saludando a los elementales de la naturaleza. El trinar de las aves, como suaves guiños que llevan a sonreír, son el recordatorio de los buenos espíritus que cohabitan en esta tierra. Hay algunos cantos silencios, otros rítmicos, armoniosos y hasta los desparpajados y abruptos como el de las Chachalacas y los periquitos parlanchines.
Disfruto todo este espectáculo con los ojos cerrados y desde la suavidad de mi cama, porque desde mi personal experiencia: la piel y su sentir rigen mis reacciones. Con mi piel; muerdo y mastico cada parte de mi día, con sabor a canela de color amarillo y olor a sed de pasión: mirando con los ojos bien abiertos de las entrañas.
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