46/52 reto de escritura
¡Ay, caray!
Mi nieta, me mira con su par de ojos nuevos, con esa vista de primavera en donde apenas van brotando los capullos en flor y me pregunta: Abuela, ¿Cómo era tu abuela?
Y con pausa, le comento: —Sammy, me abuela era una mujer fuera de este planeta zafio y soso. De esta humanidad que se dibuja de acuerdo con los encabezados del periódico. El mundo que transcurre afuera en la calle, del otro lado del portón, entre bocinazos de automóvil y el llanto de los desamparados.
Mi abuela, tuvo el tino de construir su hábitat propio, para ella y para sus hijos. Su mundo estaba delimitado por 600 metros cuadros, custodiado por árboles, plantas, frutas, flores y mascotas. Las habitaciones como satélites giraban en el firmamento que desde el patio central se observan. Ella filtraba al universo con todo y estrellas, nubes y viento que traían el olor a merecía, a coral y espuma del mar.
En esa casa violeta, era alfombrada por los cientos de jacarandas en flor que en otoño besaban el pavimento. El aroma de la siempre activa cocina, del fuego atizado en el bracero, donde por cierto habitaba una salamandra. En donde se enmelaban las lágrimas y se horneaban las sonrisas. En un cuaderno, anotaba las efemérides de la familia con lo que atizaba la memoria histórica de la estirpe.
Mi abuela con su eternos labios pintados de carmín, era una mujer amorosa y creativa. Con brazos largos, que alcanzaban para abrazar a cinco hijos y 19 nietos. Seguramente no fue honesta con sus sentimientos, porque todos nos sabíamos los preferidos; sin embargo, fue objetiva y responsable del bien vivir, el bien estar de cada uno de nosotros. Quién se dio el tiempo para declamar versos del libro que descansaba en su mesa de noche. Ella, era, leal a sus principios y valores aprendidos, seguramente del catecismo del Padre Ripalda y del manual de Manuel Antonio Carreño. Sin embargo, su primer mandamiento fue Amar a sus amores.
Mi abuela fue mi modelo y mi guía. —Tras un breve suspiro le contesté a mi nieta—.
Ella, —abriendo aún más ojos—, me respondió: —Abuela, así eres tú.
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