44/52 RETO DE ESCRITURA

La Tierra bostezó. —Tranquila, señora. Ya pasó. —abracé a la mujer— Mientras tanto las personas a mi alrededor, algunas como estatuas permanecían ancladas a la acera; otras corrían en todas direcciones y más allá, como racimos se enlazaban. No comprendo por que le dije eso. En realidad seguía el movimiento. Mi reloj marcaba las 7:17 am. La Señora era una persona de edad avanzada y al rodearla con mis brazos las dos nos contagiamos del temblor, que desde los pies, en contacto con el pavimento, la corteza terrestre nos comunica su voluntad rebelde. —Abuelita aquí estoy, junto a tí. —una jovencita se aferró a cuerpo, con desesperación—. —Abue, recuerda que se te sube la presión y te puedes sentir mal. Respira hondo. —M’jita. Me asusté porque no te vi. Recuerda que yo perdí a tu tía en el terremoto del 58, cuando se cayó el Ángel de la Independencia en el Paseo de la Reforma. —Si, lo sé. Ven, conmigo, y vámonos a rezarle a la Virgencita Nuestra Madre para que nos cuide y proteja. —Gracias, por cuidar de ella. —Me dijo la joven con cara de congoja. Sin decir palabras, en la mirada compartimos preocupación y temor. Hasta ese momento no sabíamos de la magnitud de los daños ocasionados ese día jueves 19 de septiembre de 1985. Yo nací dentro del catolicismo, no obstante no soy practicante asidua, pero eso sí, en los momentos en donde la tragedia, la desesperación, la enfermedad o las necesidades son apremiantes, me atrevo a decir, que todos, si todos los mexicanos rogamos a la Virgen de Guadalupe con fervor. En el arroyo vial, los autos seguían su marcha, aunque también hubo carros detenidos a la mitad de la calle y autobuses, sin importar en que carril se hallaban, abrieron sus puertas para permitir que todos los usuarios bajaran. La pesera en donde yo viajaba, hizo lo mismo. Recuerdo perfectamente, como si acabara de suceder que esa mañana, como todos los días, había salido de mi casa a las 6:45 y me encaminé a la avenida que se encuentra en la esquina. Afortunadamente, solo debo tomar una combi para llegar al trabajo. Mis labores en la escuela primaria “Héroes de la Revolución Mexicana”, donde soy ayudante administrativa son sencillas. Mi hora de entrada es a las 7:30. La puerta se cierra a las 7:55. A las 8 en punto la señorita Ernestina, directora del colegio preside la ceremonia de bienvenida. Aunque es un instituto ubicado en un edificio antiguo de tres pisos, cuenta con un excelente prestigio, sobre todo a nivel académico. Ya que cada grupo no excede de los treinta alumnos y las maestras titulares, tiene el apoyo de otra auxiliar, quien generalmente son señoritas recién graduadas. Por lo tanto, los educandos reciben en todo momento atención. Yo, por tener a mis dos hijos pequeños, solo asisto cinco horas. Mi madre me apoya con ellos mientras me encuentro fuera. Mi mamá les prepara un desayuno sencillo. Mi hijo Sebastián tiene 3 años y Ulises cuenta con 18 meses. A él todavía se le debe dar de comer en la boca y cambiar sus pañales. Cada día, al salir de casa me hace la misma recomendación: —Hija, no tardes, que tengo mucho quehacer pendiente. —Dios te acompañe. —y hace la señal de la cruz con su mano derecha—. —Cualquier cosa me dejas recado con Marthita. —Respondo yo y agito la mano, en señal de despedida— Yo, desde la puerta la miro con cierta molestia porque desde el año pasado que entré a trabajar nunca he ido a otro lugar. Son mis hijos mi mayor preocupación. Y sí debo trabajar es para poder solventar sus necesidades. Su padre, mi esposo, a los dos meses que nació Ulises, una noche no llegó a dormir. Al principio supuse que algo le había ocurrido. Después me enteré que estaba con otra mujer. Así que dejó de pasarme dinero para sus hijos. ¡Qué importa! Ahora debo ir con mis hijos. Empecé a correr y todo a mi alrededor desapareció, solo tenía en mente la puerta de la casa que estuviera intacta. Y de mi boca casi a gritos solo decía Dios te salve, María llena eres de gracia. Dios te salve. Dios te salve.

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