45/52 reto de escritura

Casa de color rosa pálido. La casa de mi abuelita materna, quien es junto con mi madre, las dos mujeres que más han influido en mi formación, está ubicada muy cerca de la Basílica. Todos en la familia somos devotos de la Virgen de María. Por lo tanto, era cotidiano acudir a los servicios religiosos. Cuando era niña, esta costumbre, no era de mi agrado. Porque ir a misa los domingos era casi un tormento. Ya que siempre hay una multitud embutida en el recinto y por lo tanto, nunca alcanzaba, —por mi corta estatura— ver nada más que piernas y traseros de la gente. Así que cuando era el momento de la consagración y debía prosternarme, por la general no lo hacía. El calor y el humor concentrado me tenía molesta. Llegué a recibir algún coscorrón por no hacerlo y entonces, no me queda más opción que hacerlo. Estos recuerdos pertenecen a la época en que todavía no construían la nueva Basílica. Y si la memoria no me traiciona en el altar mayor, donde se encontraba la bendita tilma del indio Juan Diego, se encontraba flanqueado por dos imágenes de bulto de un par de serafines. Y justo en medio, abajo había un crucifico ebúrneo. Han pasado más de 50 años, desde entonces. Y con un simple cerrar de ojos, viajo a esos años, en que mi vida se desenvolvía entre algodones de azúcar y pequeñas luciérnagas guiando mi caminar. Reuniones familiares al calor de la cocina, algarabía de niños son oficio y adultos entonados al son de la unión consanguínea. Y añoro todas las actividades en familia; incluso ir a misa.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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