34/52 RETO DE ESCRITURA
¿Hay mayor muestra de amor, hacia nuestra persona que la que realiza el cuerpo?
Ninguna. Es mi respuesta. Durante los últimos años, es frecuente escuchar los
consejos de viva voz, o la lectura de carteles compartidos en las redes sociales
mayormente recuperados de libros o conferencias de coaches en desarrollo humano
que pregonan como parte terapéutica para sanar complejos o dolores emocionales,
a la simple fórmula enfocada en reconocer y abrazar a nuestra niña interior. Esa
pequeña que vive alojada en el interior del recuerdo. No obstante, a los años
que hayan transcurrido desde el traumatismo, es posible dice la teoría en
restaurar el equilibrio emocional. El remedio consiste en consolarla al colmarla
de palabras amorosas y esperanzadoras. Esto se puede hacer por medio del diálogo
interno; de cartas, pensamientos o canciones. Cualquiera que sea tu método. El
objetivo es rescatar a tu nena y empoderarla. Dicen los expertos. Yo no me
resistí a esta moda. Además, como parte del tratamiento una instructora me
recomendó en un entrenamiento al que asistí colocar una fotografía de cuando era
una infante cerca del área de trabajo o computadora para rememorar la inocencia
y el candor del tiempo pasado e inspirar cada vez que la mire a decirle palabras
amorosas. Y así lo he hecho desde entonces. Me genera una inmensa ternura esa
dulce chiquilla de brillantes pupilas impresa en blanco y negro. Un día
cualquiera me sucedió una Epifanía; fue una revelación o el producto de mi
sabiduría e intuición. Nuestro físico ha sido creado para hacer receptáculo de
nuestra identidad: este cuerpo visible, con su personalidad, y alma; este
conjunto de filiaciones que nos configura dentro de un gran espíritu que nos
alberga como contenedor de lo que fuimos y somos. Su tarea es darnos el mejor
servicio y como muestra de la magnificencia de su extraordinario propósito puede
gracias a sus atributos: auto regenerarse, librar cualquier impedimento u
obstáculo. Luchar contra la adversidad, las enfermedades, los cambios de
temperatura, la deficiente alimentación, las toxinas que ingerimos de forma
deliberada o sin saberlo, la falta de horas de sueño y otras cuestiones que se
me escapan. Y más que nada, considerar las estrategias que nuestro cerebro
establece para superar cualquier adversidad contra los pensamientos y las
justificaciones que nos atormentan. El cuerpo nuestro, todos los días, nos
permite realizar actividades con tal eficacia que nos hemos olvidado de esta
maravillosa maquinaria humana. Solo pensamos en su cuantía y presencia las
ocasiones que su rendimiento no es el habitual. Es nuestra corporalidad es el
único elemento que realmente está con nosotros las 24 horas de los 365 días de
todos los años de nuestra vida. Sin olvidarse jamás de sus funciones y la
vocación precisa que lleva a cabo cada segundo. Reconozcamos por lo tanto cuanto
es que nos ama. Más que agradecer y valorar a la niña interior, demos
reconocimiento a este grupo de materia y energía que únicamente nos llama la
atención cuando la olvidamos y no le damos lo necesario para llevar a cabo sus
actividades. Gracias, cuerpo mío. Gracias órganos y sistemas. Gracias célulitas
amorosas. Gracias a todos ellas. Hoy te traigo a mi presente, para honrarte:
valorarte, agradecerte y prometerte que pondré mi mejor esfuerzo para proveerte
no solo de los cuidados necesarios, sino de los pensamientos y actitudes
proclives que te permitan desenvolverte en un ambiente amigable y propicio.
Gracias cuerpo mío. ¿No te parece que merecen que les hablemos con el mismo amor
que nos dispensan?
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