25/52 RETO DE ESCRITURA

—Evitas mi mirada y esquivas el contacto con mi piel. Tenemos que hablar, porque ya se va acabando el aire entre nosotros. Y debes decirme de frente lo que murmuras a mi espalda. —con un dejo de ironía—, así me hablaste esta mañana. Yo, honestamente me quedé perpleja. Sin descifrar con que palabras responderte. Simplemente atiné a mirarte con los ojos muy abiertos, directamente a la retina de ese par de pupilas que me demandan. En busca del indicio que confirme la verdadera intención en tu ataque disimulado. Al igual que como una ola moja la arena de la playa de a poco, así, la ira se acomodó entre los miembros de mi cuerpo. Estallé desde el centro del abdomen, propagándose a cada rincón de mi corporalidad, para desbordarse por la boca en forma de un signo de interrogación. En una sola emisión de voz, con furia te respondí: —El amor se quebró—. Y luego el andamiaje que contenía mi aparente estabilidad se derrumbó, sin aparatosos estruendos: No fue un accidente o una hecho de una sola vez. Fue de a tantos; cada día se marchitó. Llegando hasta la total aniquilación del sentimiento que un día nos hizo jurar amor eterno. No, tampoco creo que es toda tu culpa. Ni fue mía. Me reitero en voz chiquita para darme consuelo: “Es la vida misma que cambia, que se mueve y nos obliga a prevalecer a costa de lo cotidiano. Encontrarnos en escenarios dispares. Si no existen dos amaneces iguales, ¿cómo pretender que la vida sea la misma?” Tú, yo, todos cada días vamos dejando mientras andamos trozos de lo que fuimos. Y lejos de recuperarlos, añadimos otros. Al final del día, tenemos algo diferente como el resultado consecuente de una lectura, de un decir o hacer distinto. Además, a todo esto se debe añadir que hay dos tipos de personas: las que se atreven y las que eligen quedarse ‘soportando’ a pesar de la incomodidad. Yo he ambicionado, sin lograrlo ser nada más que una aprendiz de atrevida. Para que el día que muera sea por un exceso de muerte y no por la negligencia del aburrimiento. Inapetente por que fui anegada por tu indiferencia; es por lo tanto, que preferí continuar con mis afanes y actuar en consecuencia. Caigo en cuenta: después de más de diez años, es que te atreves tú a reclamar cuando me has apuñalado con tu desdén. Y, yo, soy culpable por renunciamiento y cobardía. Ahora, con el argumento de que se yo que
justificaciones, me siento francamente cansada para salir con la espada desenvainada, esgrimiendo contra fantasmas y seres de carne y hueso. Todo lo que deseo es no padecer insomnio, es más ni moverme. Para morir como Dios manda. Abrazada a las almohadas de mi cama. Con una sonrisa que me cubra todo el cuerpo.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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