24/52 RETO DE ESCRITURA

El minutero sin tregua, avanza gastando los segundos. La hora de mi muerte se aproxima. Tal certeza llegó en viernes por la tarde: un día después de mi cumpleaños. Mi voz interior, me lo dijo al oído del alma. Es un alivio, al fin conocer el día y la hora de mi muerte. Me permite asumir el control pleno de mi agenda para organizar las que serán, mis últimas voluntades. Entre tanto, el cielo se desgarra su vestido de terciopelo oscuro para dar paso a la develación de la verdad. Helios, montado en su carro recorre de punta a punta la bóveda celeste para vestir al firmamento de claridad y fustigar la falsedad que me condiciona a vivir mi vida a destajo. Me arranco la pijama y los vellos se erizan al contacto con la intemperie. Además, por otra parte, y como consecuencia, he perdido el temor o mejor dicho he renunciado, sin miramientos a las ataduras que representa el instinto de supervivencia. Cursi justificante de los débiles que ante el más leve pensamiento de incertidumbre se han detenido para no efectuar las más locas fantasías. En este caso, mis propias quimeras. SÍ me reconozco frágil, he caído decenas de veces entre las fauces del más humano de los sentimientos, el Miedo, con mayúscula; porque me despoja del pedestal en donde insolente me trepé y me coloca a ras del piso, ante la vulnerabilidad de mi cuerpo, a pesar de la inteligencia que me permite franquear alternativas para salir sin raspones en los lances cotidianos del mundo. Declaro que he tenido pavor ante las amenazas que pudieran sufrir mis descendientes. Y éste, es material para otro texto. No obstante, en este momento, desde la conciencia de mi humanidad ceñida dentro de un cuerpo de sesenta abriles, con achaques, dolencias y sin la fortaleza en mis músculos como en tiempos pasados, he dejado colgados en la percha algunos ‘sinsentidos’ por lo que no me atrevo a ciertos lances, únicamente por el pánico que me provoca tan solo por pensarlo. Por ejemplo: en mi lista de deseos han quedado como pendientes: Uno. Sentir de nueva cuenta el filo del aire sobre mi rostro, mientras conduzco una motocicleta a gran velocidad. No he superado la vergüenza de caerme de la moto por una estúpida maniobra; Dos. Lanzarme del Bongy y vencer el vértigo o nudo en el estómago; Tres. Superar de una vez por todas el convencionalismo de la prudencia y dar rienda suelta a la concupiscencia. Con el beneplácito del poder ante el conocimiento de los días que aún respiraré, sería inaudito que no palomeara de la lista de faltantes y muriera sin al menos haberlos cumplido un sola vez. Juro por mi propia dignidad que todo esto lo haré ante la certeza del saber pleno que nada me llevará a la mortaja, antes de la fecha sentenciada por el creador. Puedo por lo tanto: comer, beber, esnifar, caminar, correr, no dormir, pelear, abrazar y sexear en cualquier momento y lugar. Nada lo impedirá, hasta el día de mi deceso. Sin miedo y despojada de pudor me arrojo, con los ojos cerrados al mi destino.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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