23/52 RETO DE ESCRITURA

En cada rincón de mi casa escondo entre el polvo que se ha acumulado algunas partículas de mis pensamientos cotidianos. Basta que dirija mi vista hacia cualquier lugar para de inmediato pensar en las cosas más disparatadas: por ejemplo ayer mientras tejía un chal de color verde olivo mi frustración crecía en cada macizo que de mi gancho salía. Por más ensayos la puntada no cuadraba. Deshacía los avances para volver a intentarlo. Así que a punto de darme por vencida, miré al fondo de mi habitación en la esquina izquierda, justo al lado de la silla donde acostumbro a dejar mi bolsa de mano, cuando regreso del mercado. Entonces, me vi a mi misma como Penélope, tejiendo y destejiendo por la noche. Alargando el tiempo de espera y evitar cumplir con la tradición impuesta. Yo, ahora como Penélope enamorada de la esperanza, del deseo reprimido al abandono entre los brazos de un ser amado, ¿cuál? quien sea. Me ví a media tarde, frente al ventanal, engañada por el espejismo que el horizonte me regala. Diviso una alfombra Aqua y los destellos que los penúltimos rayos solares comparte. La eterna multiplicación del astro rey en cada pequeño espejo marino, fractales de promesas germinadas para alimentar la ensoñación de mujeres sin amores, sin besos largos en noches de témpanos. Mi mente deslumbrada, en un acto reflejo me obliga a cerrar los ojos. Mi pupila conserva la luminosidad y una lluvia de puntitos de colores empiezan a danzar por dentro, en los párpados que a trasluz el rojo de la sangre le dan tinte rosado. Mi respiración se agita, mi mente inconexa supone que he echado a correr, persiguiendo la esperanza que en forma de hoja se agita sobre el ras del piso, empujada por la borrasca como augurio de tormenta. El vértigo del acantilado me provoca a contener la respiración para evitar el vómito. Me alejo y entro al bucle en donde me alimento de cutículas de mis uñas: no por hambre, más bien por costumbre. Mis manos autómatas se mueven, prediciendo alguna labor que las mantenga lejos de las locuras: Manos dementes que podrían agitar la cuchara con raticida dentro de la sopa, añadir sal a la herida o, con el dedo retocando los bordes por donde manan minúsculas gotas de sangre, no del torrente sanguíneo, sino de las células que pretenden cauterizar las llagas. Arranco el índice de en medio de mis labios. El sabor a lombriz se ha quedado prendido en mis papilas: busco con la mirada el vaso a medio servir. Encuentro en cambio un ‘caballito’ con ‘rompetripas’. Un fermentado casero que desde 1980 ingiero y lejos de prodigarme seguridad, me deja caminando por la cuerda floja. Por cierto, la red de protección, está trenzada con la baba del unicornio. Malsana pesadilla. De mis labios rotos un río de tristeza surge. Hilvano de ideas incongruentes. Reflejo del caos nuestro de cada día.

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Domingo 30 de Julio de 2017

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