19/52 RETO DE ESCRITURA
Es la cama la caja mortuoria en donde cada noche yacemos. Un ejercicio acondicionador para el espíritu que nos entrena para el descanso eterno que a la vuelta de la esquina, se encuentra.
Durante cinco o seis horas, los sentidos revocan su encomienda. Dan paso al letargo, sin sentido que eleva al cenit o refunde a las mismas entrañas del remordimiento.
Porque es necesario, no perder de vista que el cuerpo que nos contiene y representa, se rige por los ciclos, por las leyes universales. Gracias a esta condición la vida misma es un acontecimiento siempre nuevo y novedoso. Tener la certeza de la eminente defunción, orienta a procurar una evolución permanente en cada ser humano.
Dormir es la muerte a cuenta gotas, que cada dieciséis horas, el cuerpo físico exige a las células de sus tejidos para entrar en fases de alimentación, reparación, eliminación y demás procesos fisiológicos. esto se lleva a cabo, gracias a un acto de confianza y de entrega, del espíritu: es así el lecho quien nos acoge y entre sus abrazos de sábanas y almohadas que alberga la contención, para llenar al menos el contacto minino de una caricia y un beso entre este entramado de telas, texturas y aromas. Es entonces, la panacea que aleja el dolor y la angustia. Mientras se está dormido, se pierda la noción de la realidad, de las miradas justicieras y arrogantes del otro, o el puñetazo de la indiferencia.
La cama es pues el comodato de la vida, que se aleja y se deslinda para dar cabida a la reflexión inconsciente.
Morir tiene sentido, la señora fúnebre que con su guadaña es intrínseca de la existencia luminosa. Manifestación de las carismas personales.
Ven, a mi lado. Ven y dame el consuelo de saberme tuya.

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