Parece ser que es una obligación soñar. Y no me refiero al hábito de construir mundos ideales, escenarios perfectos en donde cada uno de los personajes, interpretan su papel de manera suave y fluida. Ellos, con los ojos cerrados, reconocen sus tiempos y formas para representar sus parlamentos. Uno, dos y tres pasos a la izquierda; ahí justamente es el lugar que les corresponde. Bajo el foco. En el sitio perfecto. No, no. Tampoco me refiero al anhelo punzante que obliga a desear a bien vivir; al confort que da el apego saludable a otras personas, a objetos y situaciones cotidianas. Cuando al despertar, y sin abrir aún los ojos, reconoces por la textura que te sostiene a tu cama; por el olor, a tu propio cuerpo y en el sentir a tus pensamientos de todos los días. Usando la lógica, en consecuencia y como parte de la naturaleza humana, todas las noches dormimos, es necesario descansar y recuperar nuestra energía y además, como el cerebro nunca descansa, se le ocurre producir sueños anodinos. Me refiero, por supuesto a los sueños en el sentido de confeccionar un cortometraje con imágenes en plena acción, e incluso con diálogos entre los actores. No siempre coherentes, pueden llegar a ser estrambóticos y locos; fuera de la prudencia acostumbrada. Punto y aparte las llamadas pesadillas. ¿Qué son las pesadillas?, Ese es otro tema. No tengo el conocimiento para decir que solo el ser humano tiene esta capacidad de soñar mientras se duerme. Los animales, o al menos lo mamíferos ¿tienen sueños o ensoñaciones? ¿Tú lo sabes? Pero, mi punto es que además de tener esta capacidad tan humana, es fundamental recordar los sueños. Ya que nos sirven, al igual que la Rosa de los vientos como señales que alertan. Sin llegar a afirmar que son premonitorios. Porque aunque sí, y me refiero a mí misma, yo he soñado, he tenido pesadillas. No me acuerdo, es verdad. Solo sé que he soñado. Unicamente, conservo el tufo en mi aliento. En toda mi vida, que ya son muchos años, únicamente un par de veces he recordado el sueño y/o la pesadilla. En este caso, y adelantando el ingrediente recurrente de mis pesadillas son los celos y por lo tanto, el causante fue un gran enojo el sentimiento que me despertó. En este trance de recordación y por mi afán de cumplir con las encomiendas de ‘escribir’ mis sueños, ya que es una consigna detonante y muy frecuente de los talleres de creación literaria he pretendido al despertar, recordar al menos pequeñas porciones de un sueño. Como método en el proceso de afianzar el recuerdo mi estrategia es repetir mentalmente, con mi voz interior y, en la mayoría de las veces me vuelvo a dormir después de repasar en mi pensamiento los insignificantes detalles del resiente sueño. A lo que después cuando me dispongo a empezar a recordar para escribir sobre ellos en mi libreta, no tengo un solo elemento en mi cabeza. Y, ¿entonces? ¿dónde quedó? No tengo la menor idea. Seguramente, flotan en el ambiente, hasta que encuentran otro ser humano a quien atormentar. Por ejemplo: hoy, por coincidencia recuerdo una araña a la que logré matar: Lo conseguí tras haber superado mi fobia a las arañas, como resultado de un par de veces proponerme superar el reto. Gracias a mi ego y mi voluntad. Eso es la interpretación que hoy doy a esta conquista. Porque no basta con recordar la anécdota del sueño, sino que se debe interpretar. Porque con esta ensalada de elementos recuperados y resignificados por el propio cerebro, órgano que realiza la película mental. Quien les da sentido y carácter. Hay especialistas en el tema. Pululan en internet. No me voy tan lejos. Deduzco como el resultado de mi propia superación. Además, hace un par de semanas mi mamá me llamó para matar una araña en su habilitación. Más atrás ante la mirada de mi hijo, maté con la ayuda de una escoba otro de estos insectos. Ésta fue mi primera vez consciente para que él viera que soy valiente. Y, me parece que no lo recuerda de la misma manera. Para terminar, no recuerdo los sueños. Salvo las patas de la araña…

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Domingo 30 de Julio de 2017

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