17/52 RETO DE ESCRITURA
Soy un par de labios clausurados, he cerrado la puerta de entrada de este órgano fonador que es la cavidad bucal, cuerdas, campanilla, laringe y todo lo demás.
He callado durante tanto tiempo, que mis quijadas han perdido la movilidad en sus articulaciones. Cuando hablo, más allá de diez oraciones encadenas, me invade un sentimiento de culpabilidad que me sacude para recordarme porque no debo forzar las puntadas que mantienen unidos esta parte de mi rostro.
Yo me pregunto: ¿cómo para qué, hablar?
Al hablar, al pronunciar desde un trivial ‘Buenos días’, hasta una opinión profusamente elaborada, obligamos a los que nos escuchan a recibir este conjunto de vocablos, a perforar sus tímpanos con nuestras declaraciones que pueden llegar a romper, agredir al otro o mal informar; es como si vertiéramos el bote de desperdicios sobre el auditorio. No es correcto, desde mi ineptitud contaminar a los receptores.
Sin embargo, no considero que he convertido mi mutismo en un estandarte que me convierte en monja abonada a la contemplación y el aislamiento.
Por ahora, mi ‘voz’ no consiste en la emisión de sonidos, ese conjunto de murmullos que viajan por la atmósfera para irse a instalar en el eco perpetuo de las montañas mentales de cada personaje que las capta. Opto por ahora, que sea mi dicción un mensaje disponible en una vía sólida y permanente; proponer mi testimonio grabado en lienzos de papel de los cuadernos en los cuales escribo o en mi computadora con tinta digital que perdura por los ríos del internet. Colocarlos con objetos susceptibles de ser tomados o no en cuanta por el otro. Una invitación abierta.
No es el afán de protagonismo pretensioso, es brindar con honestidad la opción de que cada quien seleccione sus lecturas. Es responsabilidad personal. Después, cada cual, es libre de desecharlo o asumirse como parte de mismo pregón.
Por ejemplo, hace varios años, leyendo un ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz con respecto a su famoso documento: Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, el autor del que no recuerdo su nombre, afirmaba que el detonante de este episodio fue la crítica que Sor Juana hizo a un sermón parroquial de un personaje eclesiástico. Ella defendió su postura argumentando la tesis que se refiere al regalo más importante y amoroso que Dios concedió para el ser humano; al don llamado Libre Albedrío. Para Sor Juana, es esta facultad, lo que demuestra la esencia misma del amor divino. La libertad que cada ser humano, hombre y mujer posee y demuestra la confianza del creador en la capacidad de su criatura para ejercerla. Desde entonces, también para mí esta atribución es parte fundamental de mi ideología. Incluso, el mismo Dios la respeta. Con esta certeza en mi corazón doy consuelo y respuesta a mis miedos. Ya que si Dios no puede intervenir, entonces ningún otro ser espiritual o físico, inmortal o mortal tiene licencia para hacerlo. Reconozco, que hay cientos de influencias, además de las coacciones de terceros; pero siempre, en todo momento podemos elegir cómo obrar o cómo nos atañen.
La premisa se refiere a valorar nuestro poder discriminador: es la vida misma, el resultado de las consecuencias en las elecciones que enlazadas dan como resultado el color y sabor de nuestra existencia mundana. Por ejemplo: desde el momento que abrimos los ojos al despertar elegimos en que momento abandonar el lecho.
Así, pues, por esta razón prefiero escribir, para que por selección personal, sea mi lector quien decide tomar el riesgo de hacerlo. Reconociendo la perfección de mi humanidad, en este cúmulo de incorrecciones que soy yo.

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