12/52 RETO DE ESCRITURA
12/52 Reto de escritura
21 de febrero de 2022
Con la mirada, entretenida en el monitor de mi computadora, saltando de una página a otra, escarbo, buscando nada específico. Leo un par de encabezados y sin interés, brinco entre los párrafos. Solo obedezco al impulso profano de encontrar lo oculto.
Ya lo dirá mi amiga y colega, la que sí sabe, ella confirmará si es parte integral del ser humano poseer los motores o no, que nos arrastran a actuar sin lógica o con mesura. Esos que nunca paran y siempre están encendidos. Desde mi propia experiencia, te compartiré como me remolcan aún, sin mi consentimiento, en esta desenfrenada carrera de búsqueda constante.
Desde niña muy pequeña, recuerdo yo que en mi interior se gestaba la eterna pregunta, la angustia por encontrar. Mi incansable curiosidad nunca ha sido cabalmente satisfecha; queda suspendida de algún escollo, de pequeños harapos de la subconsciencia.
Por supuesto que no tenía y sigo sin poseer, ni la más remota idea de lo que me espera por descubrir. Simplemente, sabía que había “algo” encubierto adherente a mí misma. Lo intuía. La primera vez que tuve un pequeño indicio, lo encontré detrás de la mirada amorosa de mi abuelita materna. En su ojear de agua, entre los fulgores que el resplandor de la tarde de agosto que se escabullía por el ventanal de la cocina, y de golpe reposaba en la mesa que servía de confesionario para todos, en donde los alimentos eran viajeros entre sus ágiles manos, hábiles maestras de estofados y confites, ahí mismo, alcancé a divisar un secreto agazapado.
Pasaron años, sin que nadie más, desatara la boca y los recuerdos. Hasta que, junté guiños, señales con el agitado palpitar de mi corazón, y, los cosí junto con la agudeza de mi osadía. Ella, mi tía, la hermana de mi mamá que otras tantas veces me animaba a caminar mis propios senderos, me retaba a cortar los lazos y yo, entumida y enrollada sobre mi misma, siempre encontraba las justificaciones que me dieran el soporte de seguir lamiendo mis amargura. Así que, en un arranque en donde recuperé, al menos por unos minutos mi verdadera identidad. La encaré. Ella cedió: aunque en realidad, más bien, ella me acorraló, para contarme su versión.
Sabía que había algo. Y lo que hubo, me tumbó al suelo. Durante años, la rabia, como tirana regía mi vida: mi pensamiento y acciones estaban vestidas de ella.
Debo reconocer que, aunque me enteré del gran misterio. La curiosidad continúa vigente. La eterna interrogante me lleva, como cada mañana. El zapping es parte de mis actividades. Odio quedarme incompleta: porque para estar entera, es preciso que por mí misma, perciba con mis seis sentidos el mundo que rodea. Entonces, ¿En tú vida también hay misterios por descubrir?
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