Minificción

Pienso en ti. Requiero mi dosis diaria de consuelo, de una palabra cariñosa; o al menos tu mirada compasiva para atenuar el dolor de su partida. Escucho tu llegada. El cómo avientas las llaves en el tazón, el crujir de tu chaqueta de vinil contra el respaldo del sillón. Me llamas con la versión larga de mi nombre, es el tono de voz que refleja tu fastidio. Elijo pensar que es por el trabajo y no por mi. Veo las puntas de tus botas tácticas con partes de lodo ya seco. Testigo de tu andar entre los límites del asfalto y la selva. Más arriba, me cuelgo de tus pestañas, espiando tu alma a través de tu mirada. Sin atreverme aún a levantar la cabeza y verte de frente. Sin embargo, me tomas entre tus manos fuertes y me besas en la frente. ¿qué puedo reprochar ante este gesto?, me ama lo intuyo y compartimos el dolor de su partida.

Comentarios

  1. Rápido, rápido, apúrate, las llaves ¿dónde están? Sin ver el interior de la enorme bolsa que siempre cargaba y que lejos de ser un accesorio de moda era el depósito de objetos algunos olvidados, otros abandonados y varios útiles. Mientras que con una mano hurgaba adentro de esa oquedad envuelta en piel oscura con la otra empujaba la puerta de vidrio y acero pulido. A veces podía abrirla si le daba el empujón preciso que botaba la cerradura. Ese día no era el caso. Eran las dos de la tarde de un día de primavera, luminoso y caliente. Me desesperaba no encontrar las llaves para abrir la puerta y entrar al edificio donde vivía en un cuarto piso. Unos diez metros habían desde la entrada hasta el elevador que se encontraba al fondo del un pasillo que remataba en un pequeño jardín interior que algún vecino había hecho dándole vida a lo que hubiera sido un triste cubo de concreto abierto al cielo. La luz del día entraba por allí e iluminaba suavemente todo el pasillo es por eso que se podía ver con claridad a través del vidrio de la puerta de entrada la puerta del elevador, un modelo bien conservado que tenía la misma edad del edificio, unos cincuenta años. Esa reliquia estaba del lado derecho del pasillo, contigua a otra puerta que daba acceso al estacionamiento. Y ocupada en empujar y buscar las llaves vi como una señora ya mayor que parecía ser empleada de alguno de los departamentos abría la puerta metálica del elevador y entraba. La vi. Todavía recuerdo su larga trenza canosa que colgaba sobre su espalda, el delantal a cuadros que llevaba, su piel morena y su rostro con arrugas, su vestido de flada amplia con mangas cortas que descubrían su brazos, pequeña y robusta. No volteó a verme a pesar del ruido que probablemente hacía cada vez que empujaba la puerta. Ay, Dios, ni abre la puerta ni encuentro las llaves, pensé. Finalmente con un decidido y estratégico empujón cedió la cerradura y entré al edificio. Ojalá alcance llegar al elevador antes de que suba, me dije, mientras corría hacia el. Llegué y decidida jalé la puerta casi segura de que no abriría y, sorpresa, abrió. La señora me esperó, pensé. Entré y aplasté el botón con el número cuatro. Salí y caminé apresurada hacia mi casa cuando iba a meter la llave en la cerradura de mi puerta en ese momento me di cuenta de que el elevador había estado vacío, nadie me acompañó en el viaje de la planta baja hasta el cuarto piso. Nadie. Regresé al elevador y abrí la puerta. Vacío.

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